domingo, 12 de junio de 2011

Introducción: El mes de los jazmines. Del libro Tres rayas azules.


Es el mes de los jazmines en Montevideo, el sol, ese levantador de ánimo acaricia a todos, aún a los que pasan apurados y con el ceño fruncido.

Es diciembre aquí en el Sur. Aunque llega un aire fresco, no puedo dormir. Son las dos y media de la mañana, doy vueltas en la cama grande y solitaria. En mi cabeza rondan diferentes maneras de comenzar la historia.

«Tenemos que contar lo que sabemos.

¿Ya te pusiste a escribir, mamá? ¿Para cuándo?»

«Memoria para armar»

«Necesitamos tu pedacito…»

Debe ser la menopausia, los sofocones, el calor que calienta la cabeza, los brazos, las piernas, debajo de mis senos.

Con cincuenta años hace ya tiempo que vengo padeciéndola. Dicen que muchas mujeres enloquecen en este período.

Yo le pregunté a la abuela (de mis hijos) del Cerro, porque mi mamá había muerto hacía diez años. ¿Cómo es eso de los calores?

- Mira, me dijo, con alegría de poderme explicar.

- Es algo que una siente pero después se va…

- ¿Cuánto tiempo?

- Uno o dos años… como todas las etapas. Luego estás más tranquila…dijo, restándole importancia.

La abuela del Cerro acaba de morir, con sus casi ochenta años, muy lúcida y activa, hasta que se le declaró un cáncer de útero que la tuvo sufriendo un año. No se atendió debidamente cuando tuvo algunas pérdidas de sangre un tiempo atrás.

Vegetariana, naturista, sin saber que lo era.

De oficio, madre.

Madre también de su compañero a quien dejó solo.

La mesa ya no se vestirá con todos los colores de su bien preparada comida diaria.

La abuela no hablaba de sus sentimientos con palabras.

Lo hacía con los ojos. Había que prestarle atención para saber.

Así y todo, una vez me dijo, mirándome fijamente, y muy bajito.

-Vos sos una santa.

Y ya no pudo, no le salieron más palabras. Ahora que ya murió quisiera preguntarle por qué dijo eso. En ese momento, no me detuve, porque no sentía que valía la pena.

No pude escuchar otras voces, como la de mi querido maestro Arditti.

- Ella tiene futuro en la pintura.

Se lo dijo a mi madre una vez que ella le llevó unas galletas especiales para diabéticos, hechas por ella.

No pude escucharlo porque era demasiado lindo lo que me dijo. Temía creerlo y ser una frívola. Ahora sé que las personas hacemos mal en no recibir las palabras bellas nacidas del corazón, porque son alimento insustituible para el alma humana. Ahora sé que tenemos que creer en nuestro potencial para desarrollarlo y crecer.

La cuestión es diferenciar lo vano de lo profundo y verdadero.

Mi maestro de pintura me enseñó mucho, y cada vez que tengo una alumna o alumno nuevo comienzo de la misma manera que él lo hizo conmigo, como un rito.

Poco a poco comienza la simbiosis que me convierte otra vez en alumna.

¿Por qué será que las palabras de los muertos nos quedan grabadas?

¿Por qué no aprovechamos para preguntar más cuando están vivos?

- Te vas a ir de viaje, mirá, acá están todas las valijas, vas a viajar mucho, dijo José Arditti, mientras me leía la borra del café….

Pero si ya viajé… eso ya me pasó. Después de estar diez años fuera del país, pensaba, y no sabía todo lo que iba a viajar todavía.

Sobre todo dentro de mí, ¡un viaje tan hondo!

Escribir, escribir…

Si a mí solo me salen pedacitos nomás… digo invalidándome.

Ah!, sí, pero…«una gota con ser poco con otra se hace aguacero»¿No?

Y aquí me tienen sentada a las tres de la mañana con mucho calor, oleadas que suben y bajan, sintiendo pequeñas hormiguitas en mi torrente sanguíneo.

Veo mi mesa preparada con colores que desde su caja me recuerdan «tu futuro está en la pintura», y por momentos me empujan a tomar los pinceles. ¡Que magia hay en ellos!

A veces veo brillar los ojos de algunas mujeres cuando muestro un cuadro.

- Ah! Como me gustaría, ¡pero si no sé nada!, me dicen.

Es lo que se necesita para empezar, les contesto

Que te guste, ¡que te guste mucho!

- ¿Cuándo querés empezar?

- Aquí estoy, tal vez te llegó el momento, no se necesita saber nada. Sólo querer.

Desde que me enteré, estando allá lejos, en Minnesota, del discurso que Hillary Clinton pronunció en Uruguay cuando estuvo de visita, donde decía que hay que conocer las luchas de las mujeres de este país, en un contexto que me sorprendió gratamente, reflexioné que en esas circunstancias, yo no lo hubiera dicho mejor.

¿Por qué tiene que ser ella la que lo diga?

Una gringa, tan lejos de nosotros, ¿porqué no otras mujeres u hombres compatriotas?

Igualmente digo gracias. Por recordarnos que somos valiosas.

Esta modestia inútil, arrebatadora de estímulos, de energía que mueve montañas, nos está cortando las alas, en el país del no reconocimiento.

Esta cosa que hace que nos pongamos piedras en el camino entre nosotras.

Hace dos días me presentaba a una tercera persona, una compañera que me conoce: ella es la compañera de fulano…

Podría haber dicho: ella, que la conozco hace treinta años, ella que se decidió a luchar cuando se pagaba el atrevimiento con cárcel, clandestinidad, exilio y muerte. O simplemente «Ella es Maria Esther».

Y antes había sido hija de aquel comerciante, luego la viuda de alguien y después madre de dos hombres.

Está muy bien, pero ¿y nosotras mismas cuándo? ¿Qué le decimos con nuestra actitud a las niñas y jóvenes?

Ustedes no existen.

Necesitamos ponernos bajo la luz, jugarnos, una vez más, con aquella dignidad que nos llevó a optar, a salirnos de nuestras casas, de las familias, a dejar la vida segura por algo muy incierto, sacrificado, complicado, donde había que inventarlo todo.

Nuestro corazón y nuestra sangre nos decían que atreverse era la única salida, porque estábamos cansadas de palabras vacías, de poner mejilla frente a la injusticia y la impunidad de los corruptos.

Las mujeres maduras debemos prepararnos para ser ancianas sabias.

Una puede pensar que es un objetivo muy difícil.

Sí, lo es. ¿Acaso no fue difícil el camino que anduvimos? ¿Y nos vamos a achicar ahora que ya recorrimos la peor parte?

Se necesita la sabiduría femenina para guiarnos, para evitar la auto destrucción de la humanidad.

Pensemos en grande y trabajemos en lo pequeño.

El soñar con lo sublime de este mundo nos da fuerzas para sembrar en nuestra parcela diaria.

Los seres humanos tenemos ese inconmensurable recurso que es la fuerza de nuestra voluntad. Sólo las personas que viven a fondo, que experimentan situaciones límite pueden sentirla. Una voluntad que viene acompañada de un sentimiento muy grande y poderoso.

No sabemos exactamente de donde sale esa fuerza, generalmente la reconocemos cuando ha pasado.

A veces necesitamos de otro ser humano para visualizarla. Tan inmersas estamos en la vorágine que no la percibimos.

Ella es del tamaño de nuestra entrega amorosa.

Cuando creemos que no podemos más, exactamente allí se hace presente, en ese borde donde podemos desplegar las alas o dejarnos caer.

Lo interesante es saber que contamos con ella, que cuando las papas queman allí está, lista para salir a nuestro auxilio, como una red invisible.

En Minnesota conocí una agrupación de mujeres veteranas cuya edad promedio era de setenta años.

Fui invitada por una de sus asociadas para asistir a sus reuniones y contar sobre mi experiencia de vida.

Fui rodeada de comprensión y afecto por unas mujeres que no se rinden por nada, después de haber criado hijos, hijas, nietos, nietas y trabajado incansablemente para la sociedad toda.

En el tiempo que normalmente está reservado para recibir, ellas siguen dando. Su organización se dedica a defender y apoyar, a mujeres en dificultades de cualquier parte del mundo.

Una de ellas me regaló una escarapela que había recibido el día que cumplió setenta y cinco años.

Decía: «un día este mundo será guiado silenciosamente por una gran cantidad de mujeres de pelo gris».

jueves, 9 de junio de 2011

Preámbulo de mi libro Tres rayas azules.

Hablar de una misma es muy difícil porque existe en nuestra forma de ser algo que lo impide.

Hay que romper con la modestia, o hacer como hacen algunos escritores y escritoras, inventar personajes para poder hablar de ellas mismas.

En nuestra cultura no se ve bien hablar de una misma.

Se cree perder la objetividad. Y no hay garantías para la objetividad de nadie. Cada persona se guía por sus propias emociones y vivencias, formación moral y filosófica. Lo que para algunas personas resulta intolerable, para otras, y de acuerdo a la circunstancia, es una trasgresión válida. Habrá tantas opiniones como personas sobre un mismo caso.

Hay un temor al rechazo, como un pudor a escarbar en el pasado por el dolor vivido, una no quiere revivir lo horroroso.

A mi me parece que vale la pena si sirve como reflexión y esa es mi apuesta.

En estas páginas trato de ver, de observar a aquella muchachita que fui, trato de entender su sentir en la etapa histórica que le tocó vivir, entrando y saliendo de ella misma.

A veces me asombro de su arrojo, de su candidez, de su fortaleza espiritual, de su fragilidad puesta a prueba y me pregunto qué hubiera ocurrido si el fuego que atravesó hubiese sido más fuerte.

Me sorprende también la cantidad de recursos instintivos que tuvo para ir sorteando todas las pruebas y llegar hasta aquí.

Siento que no son suficientes los testimonios conocidos. Faltan muchísimos. Aquí tengo que incluir a todos y todas, no son suficientes porque no hemos sacudido los corazones y la conciencia de la totalidad de nuestro pueblo.

Digo que quiero que se enteren de la historia íntegra o lo más cercano que se pueda a la verdad, antes de que nos vayamos de este mundo.

Las personas que vendrán tendrán derecho a escuchar todas las campanas. Hasta ahora, a terror y miedo, se ha escuchado una sola campana, que ha sonado tantos años y tan fuerte que se podría decir que padecemos sordera.

No sólo eso, hay un transformismo, como para desequilibrar a la mas armónica de las personas, por el cual nadie es responsable y si seguimos así, dentro de unos años dirán que las desapariciones forzadas de personas fueron todo un invento, como quieren hacerlo con el holocausto judío, o el exterminio de indígenas nativos de nuestro país y el resto de el continente americano, por poner sólo un par de ejemplos.

A pesar de que tenemos bellos motivos para festejar, en realidad estamos festejando la posibilidad de empezar a caminar de verdad, y como sabemos lleva mucho esfuerzo, paciencia y machucones fruto del aprendizaje. Hoy lo importante es tener un lugar definido, concreto, descentralizado, donde poner el hombro, para sacar del pozo al país.

Vendrán tiempos muy difíciles. Nada indica que pararán las invasiones ni la ambición de singulares y plurales, nacionales e internacionales.

El desprecio a toda la naturaleza, incluidas las personas, es un serio indicador de que la paz esta lejos. Se habla de que hay un «Plan Colombia», un «Plan Puebla-Panamá», un «Plan de la triple frontera», «Plan contra Chávez»… Como hubo recientemente un genocidio que abarco varios países llamado el «Plan Cóndor» con tanto éxito que lo quisieron repetir en Venezuela pero el pueblo no lo permitió, no sin una gran cuota de sacrificio.

Lo que se ve es que desde el Pentágono lanzan amenazas terribles y el instinto popular dice, «eso es imposible, es demasiado terrible». Las amenazas duran mucho tiempo hasta que la gente se cansa de oírlas, y un mal día, bombardean.

Por todo esto, siento que es aún más necesario mirar el pasado para estar alertas en el presente. Quizás toque rebelarse una vez más. Así es la historia.

Tal vez un día los y las jóvenes se pregunten ¿Cómo fue? ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué sentían los y las jóvenes de aquellos años? ¿Tenían tiempo para el amor nuestro de cada día, peleado por el amor universal? ¿Cuál convicción llevó a estas personas a elegir una vida sacrificada, donde la recompensa estaba sobre todo adentro de las conciencias? ¿Qué sentimientos las llevó a arrojarse al fuego amando tanto la vida?

Queremos todos los testimonios posibles.

En la foto: Casamiento civil del 4 de julio de 1969 de Alfredo Cultelli y Maria Esther Francia, firma mi madre.

miércoles, 1 de junio de 2011